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La globalización del antisemitismo

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La globalización del antisemitismo

Mensaje por sabra el Dom Sep 21, 2014 2:48 am

La globalización del antisemitismo


Belicismo. En Europa –dice el sociólogo Beck– el conflicto de Gaza logró que los judíos vuelvan a ser señalados como extranjeros y objetos de odio.

POR ULRICH BECK


Paz y guerra. En 1995 Isaac Rabin firmó la paz con su antiguo enemigo Yasser Arafat acompañado por Bill Clinton, Hosni Mubarak y el rey Hussein de Jordania.
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Después de la Segunda Guerra, Alexander Mitscherlich escribió el libro La incapacidad de duelo . Se refería a la incapacidad de los alemanes de elaborar el régimen nazi y el Holocausto. Es cierto que hemos hecho avances en ese sentido. Sin embargo, ahora, con la guerra entre Israel y Hamas –que ha reavivado el antisemitismo en Europa o le ha dado una mayor visibilidad– salta a la vista una nueva incapacidad: la de diferenciar.

Muchos alemanes y otros europeos identificamos a los judíos alemanes, franceses, italianos con israelíes. De un día para el otro, nuestros vecinos pasan a ser nuevamente judíos, y con ello extranjeros en su propio país: en Alemania, Francia, Italia. Y dicha incapacidad de diferenciar, el hecho de que todos los judíos sean equiparados a israelíes y los israelíes con asesinos de palestinos, constituye el trasfondo de esta nueva ola de antisemitismo.

Un ejemplo: alguien habla con un judío alemán de Berlín y le dice: “Por la casa de ustedes están cayendo cohetes”. ¿Acaso se refiere a que están bombardeando la Kurfürstendamm, la avenida berlinesa? Otro: en la edición del 24 de julio de 2014 del Frankfurter Allgemeine Zeitung, en una crítica de un filme francés, la periodista Lena Bopp escribe que allí un hombre se lamenta porque la más joven de sus hijas “también ha caído en manos de un hombre de origen extranjero”; es que ya sus hijas mayores contrajeron matrimonio con “el chino Chao, el musulmán Rachid y el judío David”. Así, ciudadanos franceses son marginados en calidad de extranjeros. Identificar a los judíos –muchos de ellos seculares y a veces críticos de Israel– con israelíes es un mecanismo del antisemitismo en Europa.

En Francia, justamente, se está hablando de un nuevo antisemitismo. Lo nuevo –si es que hay algo nuevo– es la globalización del conflicto en Cercano Oriente. El conflicto en Palestina no tiene lugar sóloe en Palestina, tiene lugar también en París, Berlín o Roma. Asistimos a un antisemitismo de la izquierda, un antisemitismo de los migrantes, un antisemitismo de quienes son discriminados en los países a los que llegan y que en sus países de origen fueron socializados en el marco de un antisemitismo religioso. Todo esto se descarga en violencia. Así, la globalización del conflicto y la globalización del antisemitismo se potencian recíprocamente. En un mundo conectado, digitalizado, un conflicto bélico ya no se puede circunscribir a un lugar determinado.

Días atrás, voces autorizadas de las comunidades judías en Europa aseguraron que la cultura y la vida judías podrían desaparecer de Europa si esto sigue así. Tal pronóstico supone una llamada de auxilio. Los judíos –franceses, alemanes, italianos, etc.–, que se entienden a sí mismos como ciudadanos europeos, se ven nuevamente obligados a ocultar su identidad judía a riesgo de ser objeto de ataques violentos. Se observa, en consecuencia, una nueva ola migratoria hacia Israel; muchos franceses eligen efectivamente llevar una vida de doble domicilio. Todo esto sugiere que el traslado del conflicto a las ciudades europeas es una amenaza de violencia a tomar en serio: en Francia, incluso, ya no se puede excluir la posibilidad de una Intifada, y la sola idea de esto evoca en la mayoría de los judíos los peores recuerdos. Se sienten extranjeros indeseados en Europa, ciudadanos europeos marginados y degradados a la categoría de extranjeros, extraños en su patria europea, donde nacieron. Se aviva el recuerdo de la experiencia de los judíos alemanes en los inicios del régimen nazi: los vecinos pasan a ser judíos, extranjeros, objetos de odio.

La reacción militar de Israel es muy dura: hay más de mil muertos. Hamas ha demostrado mayor capacidad militar de la esperada. Sin pretender una falsa equidistancia: ambas partes se han obstinado en el camino bélico. La situación en Cercano Oriente se ha vuelto incomprensible para muchos europeos. Nos faltan los conceptos, quizá hasta los sentimientos de odio y de fe, como para pensar en resolver este conflicto de antaño por la vía militar. Esto me recuerda a las palabras furiosas de Henry Kissinger: no hay solución para el conflicto en Cercano Oriente. El odio ha echado raíces demasiado profundas. Y de nuevo ambas partes apuestan al recurso bélico y todavía creen que pueden sacar ventaja militarmente. Israel no ve otra salida que la militar, no ve posibilidad de negociación. Del otro lado, Hamas, que estaba al borde de la bancarrota ya antes de la guerra y ahora está consumiendo su último reducto de poder, aún es considerado un interlocutor válido y adquiere así una nueva importancia política. Ambas posturas llevan a la continuidad del conflicto bélico, aun cuando, desde el punto de vista de paz europeo, el empleo de recursos militares no hace sino profundizar el conflicto y nunca podría llevar a una solución. ¿Es realmente imprescindible el monomilitarismo de Israel? ¿O más bien no debería, también Israel, repensar su razón de ser? Me cuesta, desde la segura posición de paz de Europa y en especial de Alemania, dar cualquier consejo a los israelíes. Prefiero citar al asesinado Isaac Rabin: “La paz no se firma con amigos sino con el enemigo. Quien quiera la paz deberá ser el primero en extender la mano”. Se refería a que la paz se alcanza sentándose a la mesa con el enemigo. Para ser realista, no veo tal disposición en Israel, pero tampoco en Hamas, que ha erigido en fin último la disolución del Estado de Israel.

Desde que Netanyahu ostenta el poder se observa una cambio de paradigma en comparación con Rabin, o con las viejas tradiciones de cuño europeo de Rabin o de los fundadores del Estado de Israel. ¿Se trata hoy del mismo Estado de Israel? ¿O son los fundamentalistas del Estado y la línea dura quienes tienen la voz más fuerte? Israel, efectivamente, se ha vuelto un estado que apuesta aún más a la superioridad militar y que, influenciado por la experiencia del terror y la amenaza agravada a su existencia, reacciona con desesperación y odio a las bombas de Hamas. Y con esto no hace sino avivar la historia de violencia, a largo plazo en contra de sus propios intereses. Netanyahu es el único conservador del que se podría esperar un cambio basado en la necesidad de recuperar la tradición judeo-europea de los grandes líderes de la política israelí. Que esto se eche de menos seguramente tiene que ver con la pérdida de poder y la retirada del gobierno de EE.UU. de Cercano Oriente.

Muchas son las potencias militares que ejercen violencia: Rusia en Chechenia, Georgia, o en Ucrania; o EE.UU. en Irak bajo la administración Bush. Pero estas grandes manifestaciones que vemos en Europa solo aparecen cuando son soldados israelíes los que provocan víctimas civiles. ¿Cuál es la diferencia? ¿Los israelíes son peores que las fuerzas de Putin o Bush? ¿O es que los soldados rusos y estadounidenses son arios?

Estas preguntas dan en el blanco del problema. Amplias partes de la población alemana, por ejemplo, justifican la acción militar de Putin. Los argumentos de defensa se sustentan en un nacionalismo étnico basado en el derecho de los rusos en Ucrania de pertenecer a Rusia. Por otro lado, al insoportable agravamiento de la violencia militar en Cercano Oriente se responde con protestas antisemitas, una nueva clase de protestas desbocadas en Alemania y Europa. Esto no solo da cuenta de aquel “sedimento de antisemitismo” que al parecer siempre queda, sino también de que en el mundo globalizado el antisemitismo adquiere una capacidad renovada de enardecerse. Antes estábamos contra los judíos por haber crucificado al redentor; ahora, equiparamos a los judíos con israelíes, sin importar donde vivan, porque las bombas israelíes matan niños palestinos.

El compromiso y el involucramiento son una tradición de la intelligentsia europea. ¿De dónde viene entonces el silencio de los intelectuales respecto del conflicto en Cercano Oriente? El silencio resulta de la incapacidad de diferenciar, esta vez entre una crítica a Israel y un compromiso claro en contra del antisemitismo y en favor de los valores europeos, valores que también defienden como propios los ciudadanos de fe judía, los seculares, los críticos de Israel.

En un contexto de antisemitismo recrudecido, constituye un acto de balance ejercer una triple crítica: al fanatismo de Hamas, al monomilitarismo de Israel y a la incapacidad de diferenciar, que refunda el antisemitismo en Europa, que causa una impresión arrogante, cuesta coraje y produce malentendidos en todas las direcciones. Esto paraliza, hace difícil emitir un juicio sin morder el anzuelo del antisemitismo; sin embargo, la ética del “nunca más” exige, de unas vez por todas, romper el silencio.

© Ulrich Beck Traducción: Carla Imbrogno


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