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Sobreviviente del Holocausto: Nada me devolverá mi familia

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Sobreviviente del Holocausto: Nada me devolverá mi familia

Mensaje por sabra el Vie Oct 17, 2014 6:18 am

Sobreviviente del Holocausto: Nada me devolverá mi familia

Lyan Babilonia

Isaak Klein tiene 82 años de edad.

Asfixiados con gas, abatidos a balazos y obligados a trabajos forzados y al hambre, así murieron seis millones de judíos a manos de los Nazis durante el Holocausto y tras el inicio de una feroz persecución que hoy cumple 80 años.

Isaak Klein, voluntario del Museo del Holocausto en Miami Beach, es uno de los aproximadamente 500.000 sobrevivientes del Holocausto en el mundo, quien tras poco más de siete décadas de ser apresado junto con su familia recuerda lo que él califica como “atrocidades de los alemanes” como si hubieran ocurrido ayer. Klein, quien hoy tiene 82 años, compartió su historia con Terra.

Con la anexión de Checoslovaquia a Alemania en 1938, los Klein fueron despojados de sus tierras de cultivo y de su ciudadanía por el gobierno húngaro. A partir de entonces, eran otros los que decidían por ellos y fueron obligados a realizar trabajos duros como cortar piedras y esparcir gravilla para construir carreteras. Niños y adultos tenían que trabajar para ganarse la comida, que dependía de cuánto habían trabajado.

Mientras en Checoslovaquia, Isaak Klein y su familia eran forzados a trabajar; en la Alemania nazi y en Austria comenzaba el Kristallnacht o “La Noche de los Cristales Rotos”, una serie de ataques que en noviembre de 1938 dejaron al menos 91 muertos, 30,000 detenidos y miles deportados en masa bajo las órdenes de Adolfo Hitler.

Poco después, Isaac y su familia fueron deportados. A principios de 1944 la policía militar húngara tomó a los judíos en su comunidad y los llevó a un gueto en Hungría, donde permanecieron algunos meses hasta que los llevaron al tren de ganado que los llevaría al campo de concentración en Polonia.

El viaje duró 14 días. Iban sus cinco hermanas, sus tres hermanos y sus padres. Después que subió al tren no volvió a ver a sus padres. Solo Klein y su hermano mellizo Tzvi  Klein sobrevivieron.

Las condiciones de viaje eran infrahumanas, por lo que solo la mitad de los pasajeros logró sobrevivir la travesía.

El “infierno” de Auschwitz

Isaak Klein recuerda que el campo de concentración de Auschwitz era un lugar inhóspito, pero lo que lo “convertía en un infierno eran las atrocidades que allí se cometían”, le dijo a Terra.

Las barracas donde vivían los niños eran húmedas, estrechas y estaban llenas de ácaros. “Aquel campamento estaba hecho especialmente para matar”, recuerda Klein.

A este hombre de 82 años lo salvó tener un hermano gemelo. Por eso no fue enviado a la cámara de gas y el temible doctor Josef Mengele se interesó en ellos.

Mengele, militante del partido Nazi, era un médico que realizó experimentos en el campo de concentración de Auschwitz. Supervisaba la llegada de prisioneros a los campos de concentración y determinaba quién iba a ser ejecutado, quién sería sometido a trabajo forzoso y quiénes servirían para experimentos humanos; especialmente niños a los que llamaban los “ángeles de la muerte”.

El doctor nazi hacía experimentos para cambiar el color de ojos de los niños, les hacía injertos de piel y les extraía órganos, entre otras prácticas.

“Estando en la sección D del campamento, todos los días yo pasaba horas en la clínica del Dr. Mengele. No recuerdo exactamente lo que me hacían, todo lo que recuerdo es que me sacaban sangre y me ponían todo tipo de inyecciones”, dijo a Terra.

“Recuerdo que un día desperté con puntos de sutura en la parte posterior de la cabeza”, dijo sin saber lo que le habían hecho. Aún tiene la cicatriz.

Para Kelin es difícil identificar qué fue lo más traumático como prisionero de un campo de concentración. Es que servir de “conejillo de India” y el hambre eran solo una parte de las prácticas de los nazis contra los judíos. La ración diaria era una sopa con dos o tres pedazos de pan.

El ahora portavoz voluntario del Museo del Holocausto en Miami,  recuerda un grupo de gitanos que llegó al campo de concentración. “Escuché gritos espantosos que emanaban del crematorio toda la noche”, relató.

Otro evento traumático para Klein fue ver cadáveres cuando acudía a las letrinas conectadas a las alcantarillas; incluso vio cuerpos de bebés recién nacidos. Y es que muchas internas se vieron obligadas a abortar a sus recién nacidos conscientes de que no sobrevivirían en el campamento. Lo que nunca presenció fueron las ejecuciones porque todos estaban bajo estrictas medidas de seguridad y era imposible presenciarlas.


“Éramos robots”, dijo con su mirada perdida.

En 1944, el Ejército ruso trasladó a muchos judíos a  Melk , Austria. Klein y su hermano estaban en ese grupo.

El recorrido fue aún más pesado que cuando viajaron en trenes de ganado. Esta vez, el viaje fue caminando. Durante tres semanas caminaron 434 millas sin ropa apropiada en medio del frío. Solo llevaban puesto el uniforme del campo de concentración y una sábana que apenas los cubría.

En el camino comían todo tipo de criaturas para sobrevivir.  Las pérdidas humanas fueron masivas, según Klein.

“Lo que yo comía más eran caracoles”, recordó Klein, quien estuvo en tres campamentos en Austria. En el último que estuvo fue en el campo de concentración de Gunskirchen. Las condiciones eran infrahumanas. El lugar no tenía techo y muchos de los prisioneros se ahogaron por la acumulación de barro que llegaba a tres pies de profundidad.

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El trayecto a la libertad

La libertad de Klein llegó en 1946; aunque no del todo porque antes de entrar a lo que hoy es Israel para posteriormente viajar a Estados Unidos, pasaron sucesos que marcaron su vida.

“Un día estando en el campo de concentración de Gusnkirchen escuché un ruido a lo lejos. ‘Boom, boom, boom’. Entraron por el almacén de la cocina hasta que luego dieron con la entrada principal del campamento.  Eran los estadounidenses”, recordó.

Una vez que intervino el Ejército de Estados Unidos los prisioneros comenzaron a recibir mejor comida. “Nos daban comida caliente que no comía por años. También nos daban dulces, tortas, chocolates, pero la gente comenzó a enfermarse porque llevaba mucho tiempo sin comer bien. Mucha gente comenzó a morir por intoxicación con la comida”, explicó.

Klein estuvo hospitalizado por seis semanas.

Tan pronto le dieron de alta fue junto con su hermano a Checoslovaquia a ver si encontraba a familiares, amigos o vecinos, pero no fue así. “Uno de los gentiles me dijo que mejor me fuera porque ahí no estaba seguro. Vivía en mi casa, en las tierras que yo solía trabajar con mi padre”.

Fue entonces cuando los hermanos Klein emprendieron un viaje de seis meses por Europa hasta que tomaron un bote en Bégica para ir a Palestina, lo que hoy es Israel. Las condiciones en un bote sobrecargado con 700 personas tampoco fueron fáciles, pero llegaron a salvo.

Al llegar al puerto de Haifa, organizaciones judías trataron de entrarlo de contrabando a Palestina, pero los británicos los detuvieron por diez meses.

Después de que Israel se independizó en 1948, Klein permaneció allí por 16 años. Formó parte del Ejército, se casó y tuvo dos bebés.

En 1962 decidió viajar a América. Los primeros años vivió en Brooklyn y en 1969 se mudó a Florida.

Ahora, la persecución Nazi  es historia, pero esta experiencia seguirá viva para Klein y los miles de sobrevivientes como él.

“Por un lado puedo perdonar a los alemanes, pero por el oro no. Yo sé que los alemanes de hoy son diferentes a sus abuelos y a lo que sus padres eran. Ellos no tienen una vida fácil porque viven con la culpa de sus padres y sus abuelos. Incluso a algunos les cuesta admitir que son alemanes. Pero nada me va a devolver a mi familia”.


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