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Un Milagro Que Sobrevivio al Holocausto

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Un Milagro Que Sobrevivio al Holocausto

Mensaje por sabra el Sáb Oct 01, 2016 12:30 pm

Un Milagro Que Sobrevivio al Holocausto

Eramos mellizas pero mi hermana murió muy poco después porque había sufrido algunas malformaciones.

Además de esta gran carga familiar, también sufrí el antisemitismo, inclusive mucho antes de que estallara la guerra. Recuerdo cuando las chicas polacas nos empujaban y nos decían "Judíos piojosos vuelvan a su tierra, vuelvan a su Palestina".

Cuando comenzó la guerra yo tenía 14 años. Recuerdo que a los dos días bombardearon la ciudad donde vivía. Mi casa quedó totalmente destruída. A partir de entonces comenzaría nuestra gran odisea. Después de bombardear nuestro pueblo nos llevaron en una caravana por cerca de 50 kms. Allí se encontraba parte de mi familia. Entre ellas, mi abuela, una mujer muy elegante quien antes había estado encargada de asuntos de beneficencia. A ella la mataron camino a Varsovia.

También se encontraban ahí mis padres a quienes también los fusilaron ante mis ojos. A mi madre la metieron en un pozo de cal.

Mi hermana mayor, Ida, de 30 años se escapó del Ghetto de Varsovia y se fue a Ublin para estar con mi tío y trabajar en una fábrica de municiones. Cuando los quisieron deportar se opusieron y los quemaron vivos.

Mi hermana Bluma de 28 años emigró a Paris. La guerra la pasó en Suiza y fue aparte mío la única sobreviviente. Mi hermana Elena de 24 años escapó a Rusia y nunca más supe de ella. Mi hermana Anna se escapó al lado de los polacos, quienes la denunciaron y la mataron. Mi hermano Abraham fue denunciado como guerrillero. Fue muerto a hachazos; le rompieron a golpe todos los huesos. Luego, lo hicieron cabar su propia tumba y lo enterraron vivo. Sus gritos se escucharon a 5 kms a la redonda.

Muchos trataron de esconderse pero eran denunciados por los mismos polacos, a quienes por entregar a un judío les daban un kilo de harina y un kilo de azúcar. Ese era nuestro precio.

Luego de presenciar la muerte de tantos seres queridos me llevaron a mi junto con algunos de mis hermanos al Ghetto. Ahí pude conocer lo que era morir de hambre. No comiamos, podían pasar días y días sin comer; no teniamos agua, no teníamos abrigo. Vivíamos en condiciones infrahumanas. Nos salían costras, llagas en todo el cuerpo y teniamos a todos los bichos encima nuestro hasta en la cabeza. Parecíamos unos monstruos. Un día, en mi desesperación me escapé junto con otro judío y nos dirigimos rumbo a los bosques. A pesar de nuestros intentos de escondernos, los alemanes nos encontraron; nos tiraron al piso y rompieron tres palos sobre nosotros. Nos dejaron medio muertos, todos ensangrentados. Pasó un polaco con un carro y cuando nos vió ensangrentados, nos llevó devuelta al Ghetto. Allí nos recibieron los de la guardia y nos tiraron sobre un pajal sin ninguna clase de ayuda para curar nuestras heridas. Lo más maravilloso de todo es que a pesar de esto se nos cerraron todas las heridas.

El tiempo que transcurría parecía interminable. Una vez que liquidaron el Ghetto me llevaron a mí y a dos de mis hermanitos, a Treblinka. El camino iba dejando a su paso los cadáveres y gritos "Shema Israel", "Shema Israel", "Adonai Elohim", gritaban y caían muertos. Los alemanes nos decían "¿Dónde está su Dios? ¿Por qué no nos castiga a nosotros?"

Cuando llegamos al lugar vi tanto horror, muerte, desesperación y gritos inhumanos que me agarró un instinto animal de supervivencia que empecé a correr. Lo único que me importaba era escapar. Un soldado alemán estaba apuntándome, listo a matarme y de pronto otro soldado le dijo, "Dejá, no gastes una bala si igual no va a vivir". Fue así como pude escaparme. En mi camino, me encontré con un grupo de guerrilleros, a los que me uní. Recuerdo que hacía mucho frío y pasábamos por mucha hambre también. Un día, fui a buscar comida a la casa de un polaco. El llamó a otros que estaban también ahí y entre todos me violaron. Ellos me estropearon la vida, por eso es que no pude tener hijos; me torcieron la matriz y los ovarios.

Después de esto, sentía que ya no daba más. Me fui a la casa de una vecina nuestra polaca, esposa de un juez a pedirle ayuda. Ella me quería mucho y me escondió en un chiquero para que no me encontraran. Ahí me encontré cara a cara con mis recuerdos. Estaba llena de costras y llagas, las ratas se paseaban por mi alrededor. No tenía noción del tiempo que transcurría, era lo mismo el día y la noche. Llegó un momento que entré a un estado de locura. Mi mente estaba llena de alusinaciones, tenía pesadillas, hablaba con los muertos. Cuando la señora venía a traerle comida a los chanchos, me tiraba unas papas y eso era todo lo que comía. Un día cuando vino como de costumbre a dar de comer a los animales, salté de donde estaba y llorando le empecé a suplicar que me dejara entregarme a los alemanes. No me importaba morir porque por lo que estaba pasando era peor que la misma muerte. No podía más. Ella no me dejo entregarme y me llevó a un lugar desde donde llevaban a los judíos a los campos de concentración.

Me pusieron en un tren totalmente cerrado con rumbo a un campo de concentración en Alemania, pasando Munich. Fueron tres días y tres noches interminables. Hacía mucho frío. Al llegar nos pusieron a trabajar en una fábrica de municiones. Allí tenía que estar parada 8 o 10 horas haciendo las municiones que serían muchos de ellos para nosotros mismos. Nos daban de comer tan sólo una vez al día un poquito de col con zanahoria y remolacha dentro de un plato de agua con un pedazo pequeño de pan negro. Las mentes estaban tan entorpecidas por el hambre que podíamos hasta robarnos unos a otros el pan que nos daban. Pesábamos alrededor de 28 o 29 kilos cada uno.

Luego, al empezar los ataques de los aliados, los alemanes nos sacaron para llevarnos hasta un Campo de Trabajo en Checoslovaquia. Eramos tan solo cinco. Fue una larga odisea porque al pasar de una estación a otra, se escuchaban los bombardeos día y noche. Ahí la situación no fue del todo mejor porque estaban siempre con el palo; nos pegaban, nosotros teníamos que agacharnos y a veces con sangre volvíamos a ese pajal donde dormíamos. Luego, a las cuatro de la mañana nos llamaban nuevamente para salir a trabajar Parecía que nunca iba a acabar toda esa pesadilla; que no teníamos más solución, que finalmente terminaríamos muriendo ahí. Pero al fin, la guerra terminó y llegaron los rusos a liberarnos.

Cuando nos sacaron yo no me encontraba bien, tenía mucha fiebre, no me funcionaban los intestinos, tenía unas manchas en los pulmones, tenía mal los huesos. Me llevaron a un hospital en el cual estuve hospitalizada por espacio de un año. Me medicaron muchas inyecciones, alimentación artificial hasta que poco a poco me comenzaron a dar alimentos. La ayuda a los sobrevivientes no tardó en venir. Nos ofrecían muchas oportunidades, entre ellas llevarnos a Israel. Tres veces tuve la intención pero en cada una de ellas, siempre se me presentaba un obstáculo. Por otra parte, de parte de mi familia había quedado una tía, la cual se había refugiado en Argentina, que cuando se enteró que yo estaba viva me mandó llamar. Al ser ella el único familiar que tenía, decidí venir. Tuve que entrar por Uruguay ya que no permitían la entrada a judíos aquí. Luego me llevaron por tránsito hasta Entre Ríos, Concordia. Allí me agarraron y estuve un mes presa pero finalmente pude salir. Traté de construir una vida normal y empecé a estudiar para maestra jardinera; trabajé pero me sentía muy sola.

Por intermedio de una compañera conocí al que después fue mi esposo. El era viudo con un chico. Yo le conté todo lo que había vivido y que no podría tener hijos. El estuvo de acuerdo y finalmente nos casamos.

Tuve una muy buena vida con él. Disfrutamos treinta y tres años de matrimonio y viajamos mucho. El último año de su vida, se le diagnóstico cancer. Fue durante esta etapa en la que mi hijastro aprovechó para quitarme todo.

Al morir mi esposo, me quedé en la más completa soledad.

Sentía que me habían quitado todo lo que tenía. Todos me habían dado la espalda.

Fue durante esa incansable búsqueda de algo que llenara el vacío que tenía cuando escuché que vendría un rabino para hacer un milagro de sanidad a la hija del dueño del Banco Mayo. El iba a ir a la sinagoga para dar bendiciones. Me fui a la sinagoga. Estuve tres noches sin poder recibir la bendición. La tercer noche pude finalmente recibir la bendición. Al abrir mis ojos, vi a una mujer orando con los brazos en alto. Me acerqué a preguntarle y me dijo que estaba orando porque era judía mesiánica. Le pregunté qué era eso y me comenzó a esplicar poco a poco. Luego, me invitó a una reunión en MAPE. Me dijo que ahí iba a encontrar calor humano. La primera vez que vine y escuché las palabras de los pastores, era como si todo fuera nuevo. Cuando eramos chicos, mi mamá solía leernos el Tanaj todos los sábados por la tarde. Conocía mucho del Antiguo Testamento pero nunca había escuchado que el Mesías ya había venido y que por Su amor tan grande había dado Su vida por mi. A medida que escuchaba, me preguntaba a mí misma qué significaba todo eso. Nadie sabía lo que yo había pasado pero esas palabras quedaban profundamente marcadas en mí.

Un día, al celebrarse el 50o. Aniversario del Ghetto de Varsovia, el Pastor hizo referencia a ese terrible hecho. Fue ahí cuando entendí todo lo que había significado mi vida. Pedí la palabra y le dije que yo era un milagro viviente de que Dios vive y que El me había cuidado y salvado para que yo reciba a Jesús en mi corazón y lo acepte como mi Salvador, el Mesías prometido. Al poco tiempo me bauticé y doy gracias a Dios porque hoy soy una gran creyente, una creyente a muerte; creo y me dedico a Dios, que es lo único que me queda en esta vida.

Se que el propósito de Dios de guardarme de tantas muertes; y de permitirme salir ilesa es para que hoy pueda dar testimonio ante tantos otros de que Jesús es el Mesías y que El está en mi corazón; que me ha dado una nueva vida, sacando de mí toda raíz de amargura; y que ahora mi más grande deseo es retribuir en servicio a otros todo lo que Dios ha hecho por mí.

Hoy cuando medito y pienso en todo lo que viví creo que sólo la mano de Dios y el destino del Cielo me permitió sobrevivir de estas situaciones inhumanas y atroces para que así pueda contar a la humanidad y próximas generaciones esto; que no se olvide para que nunca más se vuelva a repetir.


Extraído del libro de testimonios "Hemos Hallado al Mesías"
http://chosenpeople.com

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