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El dictador camboyano

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El dictador camboyano

Mensaje por EURIDICE CANOVA el Miér Nov 30, 2016 7:25 pm

POR  MARTA RIVERA DE LA CRUZ


El 15 de abril de 1998, una noticia llegaba a las redacciones de los diarios: Pol Pot, el dictador camboyano, el antiguo líder de los jemeres rojos, el responsable de un genocidio que había acabado con uno de cada tres habitantes de Camboya, había muerto en un campamento cercano a la frontera tailandesa donde vivía en situación de arresto domiciliario. Aquel teletipo fue recibido sin demasiado interés: la muerte de Pol Pot había sido anunciada y desmentida tantas veces que no valía la pena levantar páginas ni guardar columnas para ofrecerla en primicia. Pero
los rumores se confirmaban: Pol Pot estaba muerto, y, para demostrarlo, los jemeres rojos
exhibieron su cadáver ante un grupo de periodistas entre los que estaba el español Miguel
Rovira.
Aquellos informadores fueron conducidos al campamento jemer en compañía de una escolta
militar de Tailandia, y caminaron por la selva a través de un pasillo formado por soldados con
ametralladoras. Pero el viaje valió la pena. Al llegar al destino fueron conducidos a una choza de
madera. Allí, ante sus ojos, estaba el cuerpo marchito de uno de los más terribles genocidas de
un siglo que no estuvo falto de ellos. El cadáver de Pol Pot se encontraba tendido en la cama,
cubierto sólo a medias por una sábana de color indescifrable. Llevaba puesta una camisa y unos
pantalones cortos, y estaba descalzo. Junto a su cabeza, alguien había colocado dos pequeños
ramos de flores y un paipay. Las únicas pertenencias que conservaba eran unas latas de
conservas, una bolsa de plástico, un barreño y una cesta de mimbre. Unos cuantos guerrilleros
jemeres vigilaban el cadáver, y en una esquina de la cabaña que les había servido de vivienda,
dos mujeres lloraban en silencio. Una era Sith, la hija adolescente del dictador. La otra, su
segunda esposa, Mia Som, con la que llevaba una década casado en segundas nupcias mientras
su primera mujer, Khieu Ponnary, se consumía recluida en un siniestro hospital psiquiátrico de
Pekín.
Fue Mia Som quien comunicó a los jemeres la noticia del fallecimiento de Pol Pot. Según su
esposa, murió sin enterarse de que abandonaba el mundo en el que un día había dejado más de
dos millones de cadáveres. Oficialmente, la causa de la muerte fue un infarto, y así lo
confirmaron los médicos tailandeses que se desplazaron al campamento jemer para confirmar la
muerte del genocida y comprobar escrupulosamente su identidad. Muchos, muchísimos, se
sintieron ofendidos por esa última burla del destino: el criminal, el asesino de niños y ancianos,
había muerto dulcemente mientras dormía, y justo cuando el presidente Bill Clinton estaba
moviendo los hilos para trasladarle a un país donde pudiera ser juzgado por crímenes contra la
humanidad. Sólo unas semanas antes, The New York Times publicaba que las gestiones para la
detención de Pol Pot estaban muy avanzadas, y que incluso se barajaba su extradición a Canadá.
Pero la suerte había dispuesto las cosas de otra forma, y Pol Pot murió en su cama por causas
naturales. O quizá no. Porque enseguida empezó a rumorearse que habían sido los jemeres
quienes habían dado muerte a su antiguo líder, evitando así que fuese juzgado y condenado por
un tribunal internacional.
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